Ante la intensificación de los impactos de la emergencia climática, las empresas cuentan con nuevas oportunidades e incentivos para demostrar su compromiso con el medio ambiente, comprometiéndose a alcanzar la neutralidad de carbono y firmando acuerdos climáticos. Pero, ¿cuándo las promesas dejan de ser meras afirmaciones creíbles para convertirse en ecoblanqueo? ¿Y quién se encarga de la supervisión y la rendición de cuentas para garantizar que las empresas cumplan sus promesas?

Un problema existencial en ESG

La mayor amenaza para que los criterios ESG se tomen en serio es la mala asignación de capital basada en promesas vacías. Si bien los compromisos climáticos y las compensaciones de carbono han generado buenas relaciones públicas, la responsabilidad de garantizar que se cumplan los compromisos climáticos ha recaído en los reguladores, los consumidores y los inversores, quienes deben intentar distinguir la realidad de la ficción y comprender las acciones concretas de las empresas. Las consecuencias de una rendición de cuentas deficiente son significativas.

Nuestra empresa, RepRisk, analizó recientemente diez años de datos sobre ecoblanqueo para determinar la magnitud de este problema. El ecoblanqueo aumentó significativamente tras la firma del Acuerdo de París en 2015, y en los últimos dos años, uno de cada cinco incidentes ESG relacionados con el clima también estuvo vinculado a comunicaciones engañosas, incluido el ecoblanqueo. En el sector de alimentos y bebidas, la tasa aumentó a uno de cada tres.

El mercado ESG ha sido criticado recientemente por la falta de claridad en sus objetivos y la discrepancia entre las inversiones ESG y los objetivos de sostenibilidad. Esta falta de coherencia y las grandes variaciones en el impacto, sumadas a la ausencia de supervisión, plantean una cuestión fundamental: ¿cómo puede el ESG contribuir a la transición de nuestros mercados financieros hacia una economía más sostenible y justa?

Encontrar significado en ESG

El camino a seguir exige alineación y transparencia. Los marcos regulatorios, como el Reglamento de Divulgación de Finanzas Sostenibles (SFDR, por sus siglas en inglés), están interviniendo para aclarar el significado de las inversiones sostenibles, gestionar mejor las expectativas de los consumidores y definir qué implica que un fondo se etiquete como «verde» o «ESG». Además, un enfoque ESG basado en el riesgo puede proporcionar la información necesaria para comprender si las empresas que se comprometen con iniciativas verdes no están, al mismo tiempo, revirtiendo sus avances. Este tipo de estandarización y supervisión es fundamental para facilitar la detección del ecoblanqueo y garantizar que las inversiones se asignen según lo previsto.

El futuro de los criterios ESG exige datos de alta integridad y análisis sofisticados por parte de profesionales capaces de ir más allá de la información divulgada por las empresas y la materialidad simple para comprender el impacto que estas tienen en el planeta y sus habitantes. Abordar los criterios ESG requerirá centrarse en resultados sostenibles y sustituir las estrategias a corto plazo por estrategias a largo plazo.

La opinión pública ya ha emitido su veredicto y no tolerará que las empresas se beneficien de una imagen ecológica sin hacer nada ante el cambio climático. La mera intención de una empresa de ser más sostenible y mejorar sus prácticas no es suficiente. Se requiere rendición de cuentas sobre el impacto para garantizar que las empresas actúen correctamente.

Artículo de Philipp Aeby, director ejecutivo de RepRisk