De vuelta de Davos: La financiación positiva de la naturaleza no es una opción
Más que nunca, el mundo necesita una hoja de ruta clara para transformar nuestros sistemas globales, y la rapidez es fundamental. Esto se ha puesto de manifiesto no solo por la guerra que se libra actualmente en Ucrania, sino también por la pandemia de COVID-19, de la que apenas empezamos a recuperarnos.
Las cadenas de suministro a nivel mundial se han visto sometidas a una dura prueba, ya que la mayoría de los Estados han experimentado y siguen experimentando escasez en muchos sectores. Recientemente, Estados Unidos tuvo que lanzar una operación de puente aéreo militar para paliar las interrupciones en la cadena de suministro de leche de fórmula infantil, una medida sin precedentes. La guerra de Ucrania también puso de manifiesto la insostenibilidad de nuestra dependencia de los combustibles fósiles, como lo demuestra el vertiginoso aumento de los precios del petróleo tras la invasión rusa. No sorprende, pues, que la transición de nuestros sistemas globales hacia la sostenibilidad fuera el tema central del Foro Económico Mundial (FEM) de Davos 2022.
Finanzas sostenibles como aliadas
Los ponentes invitados han demostrado lo esencial que es para los Estados abandonar los combustibles fósiles e invertir en energías renovables y otras iniciativas ecológicas. Aún hoy, el 80 % de la energía producida a nivel mundial proviene de combustibles fósiles, a pesar de los reiterados llamamientos para abordar esta crisis que enfrenta la humanidad. Sin embargo, esta crisis nunca se resolverá eficazmente si no promovemos un enfoque integral y participativo, donde todos los sectores de actividad realicen una verdadera transición y donde tanto el sector público como el privado puedan desempeñar el papel que les corresponde.
Las finanzas son clave en este sentido, ya que pueden ayudar a establecer estrategias de inversión basadas en maximizar el impacto que pueden tener en relación con el logro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible para 2030.
Tomemos como ejemplo la industria alimentaria. Como se debatió en el Foro Económico Mundial, el 30 % de la producción mundial de alimentos se pierde o se desperdicia, en parte debido a una gestión deficiente de la demanda, lo que genera enormes discrepancias entre la oferta y la demanda. Sin embargo, los agricultores locales no pueden contribuir eficazmente a la transición, ya que carecen de los recursos para invertir en nuevas tecnologías que hagan sus prácticas más sostenibles.
El sector financiero puede proporcionar las herramientas necesarias para aprovechar las oportunidades que ofrece la transición, mediante inversiones en I+D más atractivas que permitan ofrecer soluciones innovadoras para el sector alimentario. Dado que la agricultura, como medio de subsistencia, opera con márgenes de beneficio muy ajustados, si el sector financiero no asume un papel protagonista, la transición de este sector está condenada al fracaso.
Los gobiernos deben demostrar liderazgo, como lo demuestran los 500 mil millones de dólares anuales en subsidios agrícolas que otorgan. Los actores privados de la cadena de suministro de alimentos tampoco deben permanecer al margen. En lugar de ser remunerados por la calidad de sus productos y las prácticas sostenibles que emplean, se incentiva a los agricultores a suministrar una cantidad cada vez mayor de productos sin considerar las graves consecuencias que sus prácticas puedan tener para el medio ambiente. Los planes de financiación sostenible deben revisarse en consecuencia para promover precisamente lo contrario y fomentar alianzas que ayuden a construir sistemas alimentarios locales resilientes, asegurando así empleos y proporcionando una nutrición asequible.
Eliminar los tabúes del “decrecimiento”
El decrecimiento y las finanzas no deben abordarse con fatalismo. La transición hacia la sostenibilidad no implica verse obligados a aceptar proyectos menos rentables. Como se argumentó durante el Foro Económico Mundial, la transición hacia sociedades con bajas emisiones de carbono, bajos residuos y baja desigualdad no solo consiste en corregir los errores del pasado que hicieron que nuestro sistema funcionara únicamente para unos pocos, sino que también implica participar en sectores rentables que aún no han alcanzado su máximo potencial.
Para convencer a los más escépticos, cabe recordar que el valor de las acciones de las empresas sostenibles aumentó un 46 % de media en 2021, cuando aún se sentían los efectos de la pandemia. Además, solo en Suiza, las inversiones financieras sostenibles pasaron de 141.700 millones de francos suizos en 2015 a 1.163.000 millones en 2019. Es evidente, por tanto, que se está gestando un impulso a nivel mundial. Y esto es solo el principio.
Atrevámonos un poco más y aprovechemos el verdadero potencial de las finanzas sostenibles. Solo así podremos plantearnos seriamente respetar los ambiciosos imperativos de transición que establecimos por el bien de la humanidad.